| |
Leer más...
Denuncias
Militarización
Paramilitarización
|
Situación actual.
MEXICO EN LA ENCRUCIJADA ECONOMICA*
México está hundido en la crisis económica y política
más dramática de su historia. Más allá de
los escenarios artificiales narrados por la televisión o los estudios
socioeconómicos con que el gobierno mexicano y las organizaciones
financieras internacionales que lo apuntalan pretenden maquillar la catástrofe
actual, los siguientes hechos hablan por si solos:
México padece actualmente los salarios más bajos de los
últimos setenta años, así como la huida de trabajadores
migrantes hacia el extranjero de mayor dimensión en el mundo (15
millones de seres humanos), la masa de pobres más grande de nuestra
historia (60 millones) y una creciente magnitud de infantes (más
de cinco millones) que injustamente trabajan y son impunemente explotados.
Todo lo anterior soportado por la corrupción y gangsterismo de
los sindicatos mexicanos, así como por la gigantesca masa de trabajadores
carentes de derechos sindicales, pero sobre todo por la masa aun mayor
de desempleados y subempleados, tal vez la más alta conocida durante
el desarrollo del capitalismo en México.
¿La raíz del problema?
México padece una de las deudas financieras internacionales más
grandes del mundo que, entre otras cosas, ha conducido a la destrucción
irracional de la planta industrial precedente -la que en su mejor momento
contó con ciertas posibilidades de generar equilibrio y autonomía
nacional- suplantándola con corredores urbanos de industrias ensambladoras
o maquiladoras; así como a la devastación de la autosuficiencia
alimentaria, con la consiguiente crisis y ruina de millones de campesinos
que se ven obligados a abandonar, vender o a cultivar con enervantes sus
tierras. Deuda internacional que también ha empujado a la entrega
paulatina de los principales recursos estratégicos de la nación
al capital extranjero (industria petrolera nacional, minerales, biodiversidad,
etc.) así como a la privatización y desnacionalización
de las principales infraestructuras, en forma de red, que alimentan y
drenan el tejido económico nacional (ferrocarriles, carreteras,
puertos aéreos y marinos, electricidad, agua, telefonía,
telecomunicaciones, satélites, etc.), vía por la cual el
país se aproxima cada vez más al abismo de la balcanización.
El estrangulamiento del mercado interno, la crisis de las carteras vencidas,
la quiebra y subsidio constante de la banca nacional y su desnacionalización,
la incursión del narcotráfico en las finanzas y política
nacional, la corrupción y descomposición cada vez más
aguda del Estado, los magnicidios y fraudes electorales, la tasa de delincuencia
más alta de nuestra historia, el descontento y las constantes movilizaciones
nacionales y regionales de protesta, etc., son, entre otros muchos hechos,
realidades que no pueden ocultarse con el aumento del índice de
exportaciones o con el constante pronunciamiento de programas oficiales
de gobierno que auguran el fin del deterioro y las crisis, pero tampoco
puede acallarse con los mas altos índices mundiales en violación
a los derechos humanos o con la militarización creciente del país,
sea en las regiones rurales estratégicas -principalmente en el
sureste indígena de México- o en las zonas urbanas, tan
pobladas y problemáticas.
La globalización y el TLC (o NAFTA) hacen de México uno
de los territorios del mundo donde más salvajemente se implementa
la actual lógica neoliberal de explotación, expropiación,
exclusión y discriminación.
Así como México es un espejo del dolor que el capital global
infringe al mundo, el sureste mexicano y, dentro de este, Chiapas son
otro de tantos espejos del sufrimiento que agobia a la nación.
Territorio privilegiado por su riqueza natural y cultural exuberante,
Chiapas pareciera igualmente una tierra maldita por su historia de explotación
y marginación de su población indígena. El desarrollo
del colonialismo y el capitalismo en la región han ocasionado permanentes
expulsiones y despojo de riqueza de su población originaria. Este
viejo proceso revive con la actual integración de México
al proceso de globalización, por cuanto empuja hacia la privatización
de las principales riquezas estratégicas (petróleo, agua,
hidroelectricidad y biodiversidad) ubicadas, entre otros lugares, en la
selva Lacandona, generando con ello nuevas tendencias hacia la liquidación
y / o expulsión de la población indígena del lugar.
Sin embargo, el levantamiento armado zapatista del 1º de enero de
1994 sumado a la extensa y enérgica movilización campesina
en todo el estado, logró frenar momentánea y parcialmente
este proceso de expropiación.
Frente a ello, el gran capital -que aquí empuja además a
la remodelación de las formas de propiedad de la tierra, disgregando
y / o disfrazando las viejas fincas latifundistas- responde con nuevos
proyectos de desarrollo económico que incorporan selectiva y excluyentemente
a sectores minoritarios de ejidatarios, destinados a convertirse durante
algunos años en dinámicos microempresarios ejemplares. Con
la intensión de fracturar la resistencia campesina se busca la
creación de enfrentamientos artificiales entre la propia población
indígena, encubiertos bajo el halo de la libre competencia pero,
sin embargo, cuidadosamente articulados con estrategias de guerra de baja
intensidad, buscando siempre corromper comunidades, desgastarlas y si
es posible liquidar los núcleos de rebeldía mejor organizados.
Pero el gran poder mundial también responde a la actual lucha social
de Chiapas disfrazando sus megacapitales con diferentes proyectos de inversión
y modernización relativamente dispersos. No casualmente el Chiapas
rebelde -"última frontera" y única zona tropical
de América del Norte- atrae nuevos proyectos internacionales de
financiamiento, como el Fondo Chiapas, destinados a la creación
de plantaciones de hule, palma africana, palma camedor, barbasco, eucalipto,
marañon, frutos, raíces y maderas tropicales, etc., auspiciados
por el Banco Mundial y otros grupos financieros internacionales. Confluyen
de esta suerte nuevos capitales (grupos empresariales como El Porvenir,
Grupo Mexicano de Desarrollo, Modelo y Escorpión, así como
los grupos financieros BanCrecer y Serfin) con empresas nacionales y transnacionales
previamente operantes en la región (Nestlé, Del Monte, Maseca,
Grupo Pulsar, el monopolio comercializador de café Neuman, ICA,
Pepsi Co., Tribasa, Hérdez, etc.), a la vez que se prepara el terreno
a nuevas y mayores empresas interesadas en la depredación de recursos
todavía más rentables: gas y petróleo (caso de la
empresa canadiense Hydro Quebec International), recursos forestales (International
Paper, Simpson, etc.), biodiversidad (que hoy en día es valuada
por algunas organizaciones ambientalistas transnacionales como materia
prima para la biotecnología y la ingeniería genética),
hidroelectricidad, ecoturismo, etc.
Estos movimientos de capital empujan -de manera directa, es decir, con
violencia y muerte, tal y como ahora sucede en la región norte
del estado; o de manera indirecta mediante procesos económicos
que arruinan a los campesinos- a mayores expulsiones de población
rural hacia las zonas urbanas (Tuxtla, Tapachula, la región del
Istmo, etc.), donde, evidentemente, quienes logren sobrevivir, encontrarán
bajas tasas de empleo y altas tasas de superexplotación, características
de los actuales proyectos de industrialización maquiladora.
Sin embargo, al gran capital no le basta con apropiarse de las mejores
tierras de Chiapas o el país. La acelerada concentración
de empresas que operan en todo el planeta resulta invisible si se observan
solamente las grandes firmas aisladas, tal y como recién las mencionamos,
y no sus nuevas redes profundas de coordinación y control, tejidas
mediante insólitas fusiones de megacapitales procedentes de todas
las ramas de la división del trabajo, pero también mediante
la corrupción y alevosía gubernamental de nuevos "mega"
políticos neoliberales (bananeros o no) como Carlos Salinas de
Gortari o Carlos Hank González. Esta acelerada concentración
de capital, decimos, obliga a nuevos usos integrados del territorio, donde
las fusiones supremas, auxiliadas por el Banco Mundial, el BID, etc.,
son quienes se apropian en "paquete" de los gigantescos proyectos
de construcción, el uso de carreteras, ferrocarriles, transportación
marítima, recursos financieros, telefonía, explotación
y transformación de hidrocarburos o minerales estratégicos,
etc.; integrando también de manera electroinformática las
viejas y las nuevas plantaciones tropicales agrícolas y forestales,
o los nuevos potreros de ganadería intensiva, basados en la biotecnología,
etc., con los principales mercados internacionales.
Por tal motivo el Estado mexicano, a través de sus Planes Nacionales
de Desarrollo o de regularización de la propiedad de la tierra
(PROCEDE), mediante la intervención de algunas de sus secretarias
de Estado (SEDESOL y SEMARNAP principalmente) y mediante planes parciales
de inversión e investigación (Fondo Chiapas, Fondo Oaxaca,
Fondo Guerrero, PRODUCE, etc.), habla constantemente de la reorganización
del uso del suelo mediante la formación de nuevas regiones económicas
que rebasan fronteras municipales, estatales e incluso nacionales. Si
bien busca disimular el sentido monetario e inhumano de sus reformas subrayando
que se trata de proyectos de "desarrollo sustentable", lo que
en verdad avanza es la construcción de varios corredores de maquila
que atravesando el país entero comunican a los Estados Unidos con
la Cuenca del Pacífico, comenzando por el Istmo de Tehuantepec,
la conversión de millones de hectáreas del sureste en plantaciones
tropicales, la perforación y taponamiento de miles de pozos petroleros
por todo Chiapas, la inversión en megaproyectos urbanos, los procesos
de privatización y desnacionalización en paquete de sistemas
ferroviarios, carreteros, canales intracosteros, yacimientos minerales,
etc.
El hecho de que las comunidades indígenas de todo el país
hayan logrado reunirse entre 1995 y 1996 para discutir y formular conjuntamente,
dentro del proceso de los diálogos de paz de San Andrés
Sacamch'en, una propuesta de autonomía y autogestión de
sus territorios, inició una reorganización del tejido social
campesino que contravino dichos procesos transnacionales de expropiación
/ inversión, estableciendo un nuevo obstáculo a la entrega
indiscriminada de la soberanía sobre el territorio nacional. Ello
por cuanto la autonomía indígena ofrece la posibilidad de
organizar desde abajo y horizontalmente el uso de los territorios, de
acuerdo a las necesidades económicas, políticas y culturales
de las comunidades, abriendo la posibilidad de crear nuevas regiones que
establezcan democráticamente proyectos de producción y /
o reproducción que verdaderamente sirvan al desarrollo equilibrado
y orgánico (incluido el ecológico) de los pueblos. Por ello
los acuerdos de San Andrés contemplan la posibilidad de efectuar
coordinaciones intermunicipales (e incluso entre diferentes estados) que
permitan a las diferentes etnias sustentar sus proyectos de autogestión.
Esta democratización en la base de la vida económica y social
de México corta de tajo el proceso de subordinación y control
que requieren los nuevos procesos de regionalización transnacional:
tanto sus proyectos de expulsión o exterminio de población
que habita dentro de las regiones estratégicas, como la disgregación
y exterminio sistemático y selectivo de aquella otra población
que destaca por su rebeldía. La adquisición de nuevos derechos
en favor de la organización social para implementar proyectos de
autogestión, contrarresta algunos de los efectos mas destructivos
y etnocidas de la reformas constitucionales operadas durante el gobierno
de Carlos Salinas de Gortari. De ahí la enorme trascendencia que
los acuerdos de San Andrés tienen para todos los municipios campesinos
del país (e incluso para los mismos municipios o delegaciones urbanas),
que justamente hoy luchan, unos más y otros menos, por un proceso
de paulatina democratización que les permita intervenir cada vez
más en sus elecciones municipales.
Con lo anterior resultan evidentes algunas de las razones económicas
y sociales de fondo por la cuales el Estado mexicano se ve obligado a
retroceder en los acuerdos firmados con el EZLN durante la primera fase
de los diálogos de paz de San Andrés. Sin embargo, más
allá de las complejas consecuencias políticas que esto tenga
para todos, el problema de fondo que dio origen al levantamiento armado
de las comunidades continua sin resolverse. Las comunidades indígenas
de Chiapas siguen ahí, vivas, resistiendo, con sus enormes carencias
y abandono gubernamental, a las que se ha sumado un hostigamiento militar
y paramilitar creciente con su compleja estrategia transnacional de guerra
de baja intensidad. Sin embargo, como la interrupción de los diálogos
de paz no implicó la suspensión de la vida en las comunidades
zapatistas, estas siguen ahí, como siempre, requiriendo de la subsistencia
diaria.
En la medida en que el desafío del sureste ha despertado una lucha
nacional de resistencia y organización por parte de quienes han
sido elegidos como sobrantes por el actual sistema, la supervivencia de
los rebeldes se ha vuelto particularmente incomoda para el capital. Por
ello, mientras al Estado mexicano le resulta momentáneamente conveniente
subsidiar, apoyar, corromper y dividir a todas las comunidades campesinas
e indígenas de Chiapas que no se encuentran organizadas directamente
dentro del zapatismo, igualmente le resulta cada vez mas necesario hostigar,
desgastar, estrangular los servicios e incluso asesinar en las comunidades
indígenas que sí son o simpatizan con el zapatismo.
Sin embargo, la puesta en marcha de procesos autogestivos que hagan posible
la supervivencia de las comunidades indígenas no puede esperar
indefinidamente hasta el momento en que el perverso postergamiento gubernamental
de los acuerdos de San Andrés se desgaste. A diferencia de otras
comunidades campesinas del país, los zapatistas se encuentran imposibilitados
de recibir subsidios gubernamentales, por cuanto estos sólo se
entregarían a cambio de la claudicación y derrota de su
lucha nacional. Las comunidades zapatistas ni viven del aire ni podrán
resistir eternamente un cerco y castigo gubernamental, una competencia
capitalista y una agresión militar crecientes, si no proceden a
coordinar en sus extensas regiones su producción y reproducción,
articulándola con la resistencia de otros pueblos indios del país
y con los procesos de solidaridad y lucha nacional e internacional.
Una posibilidad clave de la resistencia está, por tanto, en extender
las redes de autogestión indígena hacia el plano de la solidaridad
internacional, organizando permanente la canalización de recursos,
que de hecho ya ha estado presente de manera dispersa y relativamente
desordenada durante los últimos tres años, haciendo posible
la intensificación y coordinación de los esfuerzos para
atender en el largo plazo la autogestión de la producción
y el cuidado del medio ambiente, la alimentación y salud, el abasto
regular de energía eléctrica, la educación y la comunicación
en las montañas rebeldes de Chiapas.
*Andrés Barreda
Enlazador de Mundos no. 1
|